jueves, 12 de noviembre de 2020

LA BANCA DE LATINOAMÉRICA PUEDE REPUNTAR EL FRAUDE ONLINE

En Latinoamérica se ha tardado más en aceptar la banca normal. Culturalmente, no se tiene el mismo nivel de confianza en los bancos y los canales digitales para custodiar el dinero que tanto les ha costado ahorrar que posiblemente se tiene en Europa y Estados Unidos. Con la excepción de las operaciones de las grandes empresas, un amplio sector de la población solía realizar sus transacciones principalmente en efectivo.

La banca en Latinoamérica

La penetración de internet en Latinoamérica es muy lenta en comparación con otros países en los que los bancos ofrecen servicios digitales a sus clientes.

En 2018, un estudio determinó que solo el 59 por ciento de la población de la región tenía acceso a internet, lo que se traduce en que los ciudadanos también sean más lentos en adoptar la banca digital y los servicios de pago online que sus vecinos norteamericanos.

Estos dos factores han dado lugar a que la bancarización (el término que se emplea para describir la medida en que los países y las regiones tienen acceso a la inclusión financiera, como los servicios bancarios, incluidos los servicios de banca online) haya tardado en ganar impulso en Latinoamérica.


Según McKinsey, el año pasado por estas fechas, aproximadamente el 70 por ciento de la población de más de 15 años no tenía acceso, o solo acceso restringido, a los servicios bancarios.


 

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El efecto de la COVID-19 en la banca latinoamericana 

Sin embargo, la COVID-19 ha supuesto un drástico cambio en el panorama de la inclusión financiera. Se ha producido una amplia migración de los clientes a los servicios digitales, incluidos la banca online y el comercio electrónico, como consecuencia directa de la pandemia.

Los pagos online con tarjeta en Chile, por ejemplo, fueron más del doble a finales de marzo de 2020 en comparación con el mismo periodo del año anterior.

De hecho, un nuevo estudio encargado por Mastercard y preparado por Americas Market Intelligence en abril de este mismo año indica que el 55 por ciento de los clientes de la región tiene ahora una cuenta bancaria y que más del 50 por ciento de estos clientes están realizando sus transacciones bancarias online.

Los motivos que han llevado a ello son muchos, entre otros:

  • Muchas sucursales físicas de bancos, al igual que otros locales comerciales, cerraron durante el confinamiento, de modo que la única forma de realizar transacciones era a través de los servicios online.
  • Las ayudas de los gobiernos durante la crisis se han distribuido a través del sistema digital, por lo que los clientes han tenido que registrarse en los servicios en línea para tener acceso a estos fondos.
  • La distancia social ha acelerado lo que era una transición global y gradual de los pagos en efectivo a los medios de pagos contactless. En otras palabras, la COVID-19 ha estimulado al cambio hacia una sociedad sin efectivo.
  • La población latinoamericana es joven y en expansión, lo que contribuye a un crecimiento acelerado, como la rápida adopción de los servicios digitales.

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Por último, la forma en la que el dinero se está moviendo en esta región ya no es principalmente en efectivo, sino que cada vez es más frecuente que se mueva por canales digitales.

Es una buena noticia para estos países, ya que muchos de los bancos y fintechs de Latinoamérica irrumpirán en el paisaje de la postpandemia con ofertas digitales profundamente mejoradas para sus clientes, lo que aportará grandes ventajas para las empresas pequeñas y para la población de esta región.


Se espera que Latinoamérica siga liderando el crecimiento de la banca, ya que continuará reduciendo la brecha en la penetración de la banca. Sin embargo, estos progresos entrañan grandes riesgos.


 

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Principales riesgos de la bancarización en Latinoamérica

A pesar de que la transición generalizada hacia la banca online ya estaba tomando fuerza en la región antes de la pandemia, los sectores de la banca y el comercio electrónico en Latinoamérica se han visto obligados a acelerar el paso para responder a la creciente demanda causada por la COVID-19.

Lo lamentable es que simultáneamente ha aumentado la oportunidad de que los fraudsters cometan fraudes en la banca online en la región.

Los clientes, por su parte, no están acostumbrados a la banca online. Los fraudes más comunes, incluidos los ataques de ingeniería social, como el phishing bancario, serán, de repente, extremadamente efectivos para los fraudsters, ya que los clientes no tendrán experiencia previa en los servicios online y no sabrán qué actividades deben considerar sospechosas, de qué deben desconfiar o qué deben evitar.


La presión por expandir y digitalizar rápidamente los servicios suscita la duda de si la seguridad ha sido prioritaria durante el proceso.


 

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Para los bancos será un motivo de preocupación que sus clientes desconfíen de la seguridad en el manejo de su dinero o de guardar sus ahorros en el sistema digital y, al mismo tiempo, deben preocuparse de los daños que podría sufrir su negocio si se llevan a cabo con éxito numerosos ataques de este tipo y se generaliza la falta de confianza en el sector.


La razón por la que existe un enorme potencial para el fraude en la banca online en Latinoamérica es que los fraudsters pueden cometer el fraude desde cualquier lugar del mundo.



El juego del gato y el ratón al que han jugado los bancos y los fraudsters en países en los que la banca online y el fraude en la banca online han progresado juntos no será el mismo, puesto que los fraudsters que pongan sus ojos en Latinoamérica ya habrán perfeccionado su técnica.

La oportunidad de aprovechar la rápida bancarización de Latinoamérica atraerá a ciberdelincuentes organizados, altamente cualificados y extremadamente bien equipados de todos los rincones del mundo para eludir las rudimentarias medidas de ciberseguridad y perpetrar sus fraudes en la banca online.

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Ganar la confianza del cliente y mantener una experiencia de usuario sin fricciones

Los bancos en Latinoamérica deben priorizar la seguridad durante este periodo de incertidumbre para evitar enormes pérdidas en nombre de sus clientes y daños a sus negocios como consecuencia de una pérdida de confianza que será difícil rectificar.

Pueden hacerlo yendo un paso por delante de las sofisticadas técnicas de los fraudsters mediante la adopción de medidas de seguridad avanzadas que garanticen que pueden mantener la seguridad de los ahorros de sus clientes.


La única forma de asegurar la protección contra el fraude en la banca online es garantizar que los clientes son quienes dicen ser y garantizar durante toda la sesión online que no haya ni robo ni manipulación de su identidad.



Solo así pueden evitar ataques especialmente sofisticados, como los que incluyen troyanos de acceso remoto (RAT), en los que un fraudster puede secuestrar la cuenta de un usuario en la banca online en plena sesión, después de registrado, o puede introducir malware en una sesión.

Una solución que combine el deep learning y la biometría del comportamiento puede verificar correctamente la identidad de un usuario durante toda la sesión en línea analizando miles de parámetros únicos del comportamiento típico de cada usuario, como, por ejemplo, la forma en la que teclea su nombre o mueve el ratón.

Gracias al deep learning, la solución va ganando precisión cada vez que el usuario inicia sesión, y, además, la identidad del usuario se puede verificar de forma constante e imperceptible, para que no haya fricciones con la experiencia de usuario.

De este modo, los bancos de Latinoamérica pueden asegurarse un éxito duradero en el paisaje que se dibuje después de la pandemia, en el que el cambio a los servicios de banca online se considere un avance sin reservas, y sigan progresando con seguridad, con la plena confianza de sus clientes.

ROBO BANCARIO EN LA NUEVA ERA DEL DELITO

 Dentro de unos años, cuando alguien piense en el robo a un banco, no imaginará en su cabeza a un par de tipos entrando armados a la sucursal bancaria. No vendrá a su mente el famoso grito “¡esto es un atraco, todo el mundo al suelo!”.

No habrá pasamontañas ni decenas de policías apostados a la salida del banco. Esta imagen de un robo bancario está a punto de convertirse en algo de un pasado lejano, algo así como el robo a las diligencias del lejano oeste. El mundo cambia y con él cambia el delito y los criminales.

Hace algunos años, el perfil del ladrón bancario era el de un tipo violento, con formación en armas y con amplia experiencia criminal. Hoy en día, ese perfil ha cambiado, ya no es necesario ser un temerario, no se necesita manejar armas ni saber conducir a toda velocidad para escapar de la Policía. Hoy, los ladrones de banco no llegan a pisar nunca ninguna sucursal, no tienen ningún coche esperando a la salida y van armado solo con una computadora.

El mundo del crimen evoluciona y la Criminología, como ciencia que estudia y analiza este crimen, debe también evolucionar para adaptar sus teorías y modelos explicativos a la realidad del momento. Desde hace algunas décadas, existe un tipo de crimen que antes no existía: los delitos que ocurren en el ciberespacio. El mundo virtual ha supuesto una auténtica revolución para todos los ámbitos: comunicación, entretenimiento, empresarial, económico…y también para el mundo del delito.

La Criminología ha tratado de usar algunas teorías tradicionales para adaptarlas al cibercrimen, algunas ya tratadas en otros posts.

Sin embargo, aunque el crimen no deja de ser una conducta, se realice en el mundo físico o en el virtual, y aunque los criminales no dejen de ser personas, parece evidente que es necesario incluir algunos elementos específicos del ciberespacio que hacen del crimen virtual algo particular y diferente al crimen del mundo físico.

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Algunas teorías tradicionales pueden explicar algo, pero al final puede ocurrir que “estiremos” mucho a una teoría que fue pensada y desarrollada para explicar el crimen que ocurre en unas dimensiones completamente distintas a las que se dan en el mundo virtual.

Algunos criminólogos y profesionales de este ámbito están ya trabajando en un nuevo modelo teórico, en un enfoque que se ha dado en llamar “Cibercriminología”, una subdisciplina dentro de la Criminología general que estudia, analiza y explica este fenómeno concreto.

Este desarrollo necesita aún de algunos años, no solo porque la mayoría de los Criminólogos no se han adaptado aún al mundo cibernético, sino porque el mundo actual y las personas, aún no somos completamente conscientes de lo que es el nuevo mundo digital.

Las nuevas tecnologías se han instalado y han evolucionado con tal rapidez que ni los propios ciudadanos, ni las empresas, ni los policías, ni los jueces o políticos han sido capaces de adaptarse a todo lo que ha supuesto internet y el mundo virtual.

Precisamente, muchos de los ciberdelitos que ocurren actualmente, desde el phishing hasta el grooming, han aprovechado este retraso en la adaptación para propiciar la comisión de estos delitos y el acceso a víctimas indefensas.

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Aún, la mayoría de los ciudadanos pensamos que un mail de nuestro banco es un mail real o que un contacto de Instagram que dice tener 15 años es realmente un amigo adolescente.

Posiblemente, la generación “Z “, los llamados “centennials”, personas plenamente digitales, sean capaces de procesar y adaptarse a los cambios tecnológicos con la misma rapidez con la que se producen.

Es probable que el cibercrimen que conocemos actualmente sea tan obsoleto dentro de 10 años como para nosotros lo es hoy pensar en forajidos asaltando trenes. Es muy posible también que los Criminólogos centennials ya sean capaces de general teorías del crimen puramente digitales.

Mientras nos sustituyen estos criminólogos, los que estamos a caballo entre las dos realidades actuales, debemos empezar ya a tratar de dar respuestas y modelos explicativos al cibercrimen.

A continuación, vamos a tratar de exponer algunos elementos diferenciadores del mundo digital que debemos tener en cuenta para hacer teorías criminológicas del ciberdelito. Aunque nos centraremos en una tipología delictiva muy concreta, el robo a bancos, mucho de lo expuesto puede ser extrapolado a otro tipo de ciberdelitos.

En primer lugar, y recordando la situación planteada en las primeras líneas de este post, debemos identificar el principal elemento diferenciador: el espacio.

El espacio, tal y como lo concebimos en el mundo físico, no tiene nada que ver con lo que es el ciberespacio. En el mundo digital no hay barreras, no hay obstáculos, no existen los lugares georeferenciados y delimitados espacialmente.

El Banco X en el ciberespacio está tan cerca de España como de Australia o Japón. Ese banco ya no tiene paredes, ni puertas que derribar, el dinero no se esconde en cámaras acorazadas o cajas fuertes, sino en procesos informáticos de ceros y unos.

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¿Cómo podemos aplicar aquí las Teorías Situacionistas tradicionales de la Criminología?

Según dichas teorías, la situación, el contexto espacial influye en la comisión o no de un delito, de tal forma que, si colocamos estructuras físicas de seguridad, éstas podían hacer de un banco un lugar seguro.

Por ejemplo, durante muchos años se pensaba que la mejor seguridad para los bancos era su capacidad para ser inexpugnable a través de gruesos muros de cemento y hormigón armado. Más tarde, apareció un nuevo término en Criminología, la “Vigilancia Natural”.

Este término hacía referencia a que se podían construir lugares seguros haciendo que los ciudadanos y otras personas se convirtieran de forma inconsciente en guardianes o vigilantes. Si unos atracadores finalmente llegaban a entrar en un banco lleno de muros gruesos, nadie podría verlos ni saber lo que estaba pasando dentro, por lo que se llegaba incluso a generar una situación de seguridad para los propios atracadores.

Entonces, con la vigilancia natural hacemos lo contrario, en vez de construir grandes muros, hacemos sucursales con grandes cristaleras, colocamos dichas sucursales en esquinas de calles y si puede ser al lado de bares o zonas muy concurridas.

El efecto que tenemos es que, si unos atracadores entran en la sucursal y sacan unas armas, todo el mundo desde la calle se convierte en testigo que puede llamar a la policía. Los transeúntes o los que se están tomando una cerveza pueden ver a través de las cristaleras lo que ocurre dentro de la sucursal.

Este es solo un ejemplo del manejo del espacio y la situación para condicionar el robo a un banco. Pero, ¿cómo podemos adaptar esta experiencia al Banco X del ciberespacio? Estamos trabajando en otra dimensión completamente distinta, donde la situación ya no es espacial tal y como la conocemos.

Otro aspecto o elemento diferenciador del mundo virtual tiene que ver con la propia motivación del criminal.

El mundo virtual ofrece una serie de características que hacen que las personas puedan estar más predispuestas o motivadas para cometer un delito en internet que nunca se plantearían cometer en el mundo físico.

Esto es muy importante, ya que lo que decimos es que el mundo virtual facilita y atrae el crimen. Esto tiene una explicación muy clara, los delitos en el ciberespacio son relativamente fáciles de cometer, pueden ser lucrativos y lo que es más importante, posiblemente queden impune.

Si yo robo un banco a la “antigua usanza”, tengo que afrontar una situación comprometida, tengo que usar la fuerza, amenazar, enfrentarme posiblemente a vigilantes o empleados, además de ir muy rápido para no toparme con la puerta llena de policías y francotiradores.

Las sucursales bancarias actuales suelen contar con poco dinero en efectivo, por no hablar de cajas fuertes con retardo u otros sistemas que impiden obtener grandes sumas de dinero. Hay que tener en cuenta que el dinero físico pesa y hay que transportarlo.

Finalmente, si llega la Policía antes de que me vaya de la sucursal, ya me puedo dar por perdido. Decenas de policías, helicópteros y cierres de carreteras hacen muy complicado que pueda salir impune. Incluso aunque lo haga, posiblemente durante mi atraco deje toda una serie de indicios forenses materiales que permitirán tarde o temprano que algún policía toque mi puerta. Otra vez el espacio poniéndolo difícil.

Bueno, alguien puede plantear que un robo informático a un banco tampoco es algo muy fácil. Es cierto, pero el nivel de exposición y riesgo es mucho más bajo para un ciberladrón que para alguien que entra con una escopeta a la sucursal.

Si soy capaz de burlar la seguridad informática del banco, posiblemente pueda acceder a una cantidad de dinero mucho más alta que a la que podría acceder en un robo físico. Aquí además no hay nada físico, no tengo que cargar ni transportar nada, todo es proceso informático con números sobre una pantalla de ordenador.

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Pero, además, el anonimato y la rapidez que me ofrece internet hacen que sea muy complicado que me puedan detener (al menos más difícil). La Policía, los Jueces y las políticas legales que sí existen el mundo físico, no parecen muy útiles para funcionar en un entorno virtual, por lo que la persecución del delito se complica. A lo mejor soy tan torpe y me llegan a identificar como el ladrón de ese Banco X pero, ¿podrá la policía detenerme o la justicia extraditarme o juzgarme en función del país en el que estoy?

En el ciberespacio todos podemos ser más fantasmas e invisibles de lo que les gustaría a las autoridades y gobiernos. Mientras eso no cambie, mientras la impunidad del ciberdelito no se trabaje, no podemos generar un efecto disuasorio en una persona que, ni loco se atrevería robar la sucursal bancaria de su barrio, pero sí se atrevería a intentarlo con la banca online.

Pero esto es además más peligroso de lo que pensamos. No es que el ciberdelito pueda atraer a personas que en el mundo físico no cometerían ningún delito, sino que, además, los criminales del mundo físico también empiezan a ser atraídos por el ciberespacio para trasladar o ampliar su actividad criminal.

Testaferos

 Marta Cadavid, CAMS, CFE, AML

La industria criminal usa cualquier tipo de artimañas para esconder el producto de sus actividades ilegales entre ellas el enmascaramiento de las transacciones a través de terceras personas consideradas como testaferros. Sin embargo, las organizaciones enfrentan más retos con respecto a la identificación del beneficiario dado que actualmente están empleando capas de testaferros para complicar o evitar identificar dicho beneficiario. La pregunta que debemos hacernos es que controles tenemos en las organizaciones para detectar a los testaferros de los testaferros.

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Responsabilidad Compartida del Fraude

  Fraude al Desnudo: Responsabilidad compartida del Fraude ¿Te ha gustado la información? ¡Compártela con otro auditor!